La ruta de Bentejuí

Senderismo

Textos: Carlos Antolín Carruesco | wildcanarias.com

“Hijo mío, todavía Canarias no ha desaparecido del mundo, y aquí la tienes sobre estos cerros. Defiéndela hasta la muerte, pues no habrá vida sin victoria.”

Con estas palabras nació una leyenda, un guerrero y una ruta: la ruta de Bentejuí.

En los capítulos finales de la conquista de Gran Canaria, el último guerrero, Bentejuí Semidan, hizo leyenda junto al faycán y sacerdote de Telde, Tazarte, una última y desesperada resistencia que no cedió ante un tratado –la Carta de Calatayud– que sumía a la rendición y sumisión total de los canarios ante la Corona de Castilla; Corona regentada por los Reyes Católicos. A esta Carta o Tratado le siguieron dos años de constante y encarnizada lucha ante un rival a quien Bentejuí y Tazarte jamás recularon. Un rival y enemigo muy superior, tanto en hombres como en tecnología armamentística; no así en tácticas de guerrilla en una abrupta naturaleza muy desfavorable para el ejército castellano, terreno donde la orografía se transformó en la mejor baza guanche y en la peor de las pesadillas para los castellanos.

La isla estaba dividida en dos reinos o guanartemes: el de Gáldar y el de Telde. Con la definitiva caída del guanarteme de Gáldar, Bentejuí y Tazarte, unidos bajo una misma convicción, inician un periplo bélico hacia el interior de la isla que les conducirá, finalmente, hasta la Fortaleza de Ansite, una ruta épica que ha sobrevivido al paso de los siglos hasta nuestra actualidad. Una ruta que bautizó nombres como el de Ajódar, batalla donde el gobernador Pedro Vera y su ejército, comandado por quien asesinó a Tenesor –Miguel de Mújica – quedó literalmente arrasado en la Montaña Hogarzos, que fue la tumba de cientos de castellanos, viéndose sorprendidos ante la ira de un Bentejuí que supo liderar y guiar a su ejército guanche en innumerables batallas, bajo el estandarte de la victoria.

Ajódar se repitió siglos después en otro continente y con otros protagonistas, La batalla de Little Bighorn, donde el general George Armstrong Custer y su séptimo de caballería, contando con sus rifles winchester de última generación, quedó literalmente arrasado por una coalición india que, al igual que los guanches, hicieron leyenda.

Jamás los castellanos se vieron sometidos al terror que se les impuso aquí, en la isla de Gran Canaria, guerra de guerrillas bajo una orografía, ante la cual, todo el poderío castellano se vio estéril y continuamente superado; impotentes, frustrados y derrotados una y otra vez, batalla tras batalla, en un terreno cuyos barrancos encajados en “V” se convertían en tumbas abiertas, donde ríos de sangre castellana anegaron y regaron sus cauces. Senderos aéreos de afiladas aristas, escarpes de vértigo, cañadones y estrechos pasos que se transformaban en verdaderas ratoneras para unos castellanos aterrados, fuego e ira de un pueblo genéticamente pacífico que se vio forzado a la más extrema de las violencias, para defender una tierra, unas familias y una cultura milenaria que, finalmente, sucumbió bajo el grito orgulloso de “Atis Tirma”, en el último reducto y batalla: la Fortaleza de Ansite.

El grito de Atis Tirma (Atis – o Axit -, significa “viva”, y Tirma – o Dirma -, “montaña sagrada”: ¡Viva La Montaña Sagrada!) La Montaña cae el 29 de Abril de 1483. Bentejuí fue un estratega cuya mejor arma fue la propia naturaleza. Una naturaleza construida bajo la furia del viento, el agua y el fuego