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Los leones de Tsavo

Textos: Fernando López-Mirones.
Director de Cine Documental y Biólogo.
Fotos: Luis Burgueño.

La primera noche en Tsavo, al sur de Kenia, montamos las tiendas sobre la tierra roja, y de inmediato se nos ofrecieron unos nativos armados con viejos rifles para vigilar el campamento a cambio de una propina. Éramos nueve viajeros, pero solo tres conocíamos la historia de dos leones llamados Fantasma y Oscuridad (Ghost y Darkness) que no hace mucho sembraron de sangre y terror esas sabanas espinosas. Pactamos no contársela a los otros hasta habernos ido, pero en el último whisky antes de dormir, no podíamos quitarle el ojo a la penumbra más allá del fuego, la frontera que el cerebro marca como el límite de lo tranquilizador.

La narración que John Henry Patterson hace de sus encuentros con ellos en el magnífico libro Los devoradores de hombres de Tsavo, a pesar de estar escrita con la precisión y frialdad de un ingeniero, deja el corazón helado. Dos enormes leones macho sin melena capturaron y devoraron en 10 meses, a al menos 30 trabajadores del ferrocarril que se construía en 1898 entre Mombasa, en el Índico, y el Lago Victoria, en la actual Uganda. Esas víctimas eran los llamados coolies, que los británicos traían de la India, pues sostenían que los taita solo eran buenos como porteadores; por eso el número de locales devorados ni siquiera se conoce.
Patterson era uno de los mejores cazadores de su tiempo. Mantuvo un duelo a muerte con esos leones, que consiguieron parar las obras al sembrar el pánico por ser capaces de entrar en tiendas, cabañas, y hasta en vagones del tren para extraer de ellos a los desgraciados que murieron entre sus fauces. Nada parecía detenerlos.

Diez años más tarde visité a Ghost y Darkness en el lugar al que fueron llevados y disecados tras su muerte, el Field Museum de Chicago. Todavía hay algo indescriptible en sus miradas de cristal. Estudios recientes han determinado lo que ocurrió. Aquel año de 1898, esa zona sufrió una enorme sequía dejando a las manadas de leones con muy pocas presas naturales. Patterson y el resto de jefes tenían la costumbre de cazar cada día, a menudo decenas de piezas, pues con ellas alimentaban en parte a los cientos de operarios y salían de la monotonía del trabajo. Ello dejó a Fantasma y Oscuridad sin carne.

Patterson narra una veintena de encuentros con otros leones, y deja claro que se trata de una caza muy peligrosa. Fantasma y Oscuridad aprendieron. Sus ataques al principio eran torpes, pero observaron las reacciones humanas. Rugían fuertemente a unos doscientos metros de las empalizadas de arbustos llamadas bomas, y acto seguido entraban en silencio por el lado opuesto. En varias ocasiones extraían a un hombre de una tienda en la que dormían seis, sin que los demás se despertaran, hasta que, a unos cinco metros de la entrada, se oía el crujido seco del cráneo de la víctima al ser aplastado.

Aquella primera noche en Tsavo, el texto de Patterson no salía de mi cabeza, y sin que nadie se diera cuenta, no me atreví a dormirme por miedo a la oscuridad y los fantasmas.
Un aullido.

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