Los ojos del lobo

Los ojos del lobo

Textos: Fernando López-Mirones

El aire de Lamar es dulce porque el río pasa despacio sobre las piedras acariciándolas apenas.

Ellos están aquí y venimos a filmarlos. La gran manada mató ayer junto al bosque, por eso hoy deberían seguir cerca, ahítos de carne fresca, contentos y juntos. Los bisontes que pastan junto a nosotros ni siquiera nos miran, sus testas enormes no temen a nada. Son la esencia misma de la nobleza. Un lobo negro muy grande es el líder de la manada de Druid Peak. Campea junto a más de una decena de sus hijos crecidos, y dos hembras dominantes. Atravesamos los pastos rubios del valle abierto a cuyos lados los abetos oscurecen las laderas hasta llegar a las mesetas que flanquean el conjunto. En el suelo, huellas de lobos entre la madera fosilizada de bosques arcaicos; y heces con trozos de los huesos pulverizados de sus víctimas.

Los ojos del loboDe pronto, un coro terrible hiela la sangre. El aire se atraganta y pica; hasta las hojas dejan de chasquear cuando veintidós lobos aúllan. El primer impulso es no moverse, pero al instante, algo nos recuerda que estamos ahí, con ellos, tal vez más cerca de lo que desearíamos. Un escalofrío ancestral recorre mi espinazo: ¿quién es hoy el cazador y quién la presa? El Sol casi se ha ido. Es la hora del lobo.

-¡Corren! ¡Están corriendo! ¡Hacia aquí!- Con la boca abierta y la lengua balanceándose como un trozo de carne muerta, un gran lobo gris galopa con la mirada fija en mí. Al momento, una docena de manchones negros suben y bajan entre las artemisas; no hay duda: más de veinte individuos siguen al primero. Sin mover un músculo vemos como la jauría se acerca, por un momento nos sentimos como el alce viejo, como el bisonte herido, igual que el wapití que sabe lo que le espera. Repentinamente, el lobo grande frena en seco y se queda mirándonos con las orejas muy rectas; mueve su cabezota de un lado a otro para apreciarnos mejor. Olemos a miedo. Los de atrás imitan cada movimiento de la hembra alfa que es madre de varios de ellos. Ella corta el viento y mira a su derecha. A unos doscientos metros, 55 kilos de lobo negro destacan incluso en la penumbra del ocaso.

El líder es todo sombra salvo sus ojos, dos agujeros rasgados y amarillos, dos trozos de furia rodeados por las cicatrices de mil lances victoriosos. Tiene cinco años, y los biólogos de Yellowstone lo llaman ’21’. Su madre fue la célebre ‘número 10’ que llegó junto a otros ejemplares en camión desde Canadá en 1985 para ser reintroducidos en este Parque Nacional. ‘Número 10′ consiguió matar bisontes y enseñó a sus hijos a elegir a los heridos y viejos, a seguirlos durante días a través de los páramos helados para acabar mojando sus caras en la sangre tibia del coloso recién abatido. ’21’ aprendió con ella a apreciar el sabor amargo del hígado humeante, y la lengua jugosa que sale de una pieza cuando se sabe cómo tirar de ella. ‘Número 10 era’ muy negra cuando la soltaron en el Valle de Lamar. Seis años más tarde, apareció muerta y completamente blanca. Para entonces la veterana pionera había llenado Yellowstone de cachorros color noche. ’21’ es uno de ellos, y cuando su hembra dominante lo mira así, sabe que está esperando su decisión acerca de nosotros.

Los ojos del loboSu madre le enseñó a evitar a los monos erguidos, de modo que se levanta, gira en redondo y trota en dirección contraria encarando al viento. La manada lo sigue. Mientras se alejan, ’21’ frena y nos observa. Por un instante, volvemos a sentir ese escalofrío, esa sensación eléctrica que tienen cuantos miran de frente a sus ojos de diablo, lo último que ven las presas antes de que su horizonte se tiña de rojo. Un aullido.