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El Negro – Tirajana Gran Canaria

Abrabajada de Canaryfly
El Negro – Tirajana Gran Canaria

Textos: Carlos Antolín Carruesco | wildcanarias.com

Tras una sensacional noche en el Hotel Las Tirajanas, en la población de Tunte –San Bartolomé de Tirajana–, me dirijo por la carretera GC60 hasta el idílico pueblo de montaña de Ayacata. La GC60 conecta el soleado y turístico Sur (Playa del Ingles y Maspalomas) con el macizo central de la isla de Gran Canaria.

A espaldas del Roque Nublo y a través del pinar de las cumbres más altas de Gran Canaria, atacamos la cabecera del Barranco del Negro. Tirajana es un laberíntico coloso cuyo grosor kilométrico alberga estos pasadizos de roca conectando en vertical estas vertiginosas rutas y pasos que van del Nublo hasta los valles de Tunte. De las numerosas grietas de los Riscos de Tirajana, ésta es la más extrema, la más encajada. Los saltos vertiginosos de El Negro nos sumergen en un espacio geológico único donde los bosques de nieblas envueltos en silencio reinan. Las brumas y el rocío, persistentes y habituales en estas zonas subtropicales, mantienen estos parajes verdes y llenos de vida. Musgos y helechos tapizan estos gigantescos rocódromos donde el agua persiste en un ciclo eterno, incluso en las épocas de más sequía.

En la parte más alta de Tunte, a 900 metros sobre el nivel del mar, amanece un día espléndido y soleado con las habituales nubes atrapadas en los riscos más elevados de Tirajana. Desde el balcón de mi habitación de Las Tirajanas admiro sus imponentes y verticales paredes. Numerosos cortes fantasmagóricos lo seccionan; grietas donde las brumas aún adormecidas se desesperezan ante un impávido sol. Café en mano, con la mirada hipnótica ante esos muros, mi pensamiento se pierde ante lo negro. Hoy recorreré el interior de un gigante de piedra: El Negro. El corte más vertical, desplomado y profundo. La cara más oculta e inhóspita de los Riscos de Tirajana.

8:30 HORAS – AYACATA

Mi punto de encuentro con mi amigo y compañero de aventuras, Álvaro, es en el pequeño pueblo de Ayacata a las 9:00 horas. Un pueblo que suele ser punto de encuentro habitual de escaladores y barranquistas. Como voy con margen de tiempo, decido continuar por la carretera GC60 en dirección a Tejeda hasta alcanzar la degollada de El Aserrador, uno de los miradores de carretera más espectaculares de la isla, desde El Aserrador, a 1.357 metros de altitud, se eleva el segundo roque más simbólico de la isla: el roque de Bentayga, una estampa paisajística colosal que nos muestra toda la potencia rocosa de la tercera isla en altura del archipiélago canario. Una “tempestad petrificada” que está a la altura de los grandes cañones de Estados Unidos.

AYACATA

La previsión meteorológica se presentaba mala a medida que avanzasen las horas. Las nieblas y las lluvias irían de menos a más hasta alcanzar un verdadero diluvio a la entrada de la tarde. Tras las cuatro horas que nos lleva superar el reto vertical de este barranco apodado El Negro, la llovizna, junto al frío, nos acompañarían intermitentemente a lo largo de sus innumerables saltos y desplomes, caídas a plomo superiores a los 70 metros de altura. El sol de la mañana se vio vencido por un verdadero temporal, que hacía mucho tiempo los vecinos de las inmediaciones no recordaban, temporal que salvamos milagrosamente a escasos minutos que estallara con toda su fuerza. Bajo un fuerte viento que empezó a acelerar la caída de una lluvia que golpeaba con furia todo aquello que encontraba a su paso, escapábamos por los pelos del barranco y alcanzábamos el asfalto de la GC60, ya a escasos metros del coche. En dirección al Nublo buscamos el interior de los riscos de Tirajana.

MONUMENTO NATURAL RISCO DE TIRAJANA

Pasada la degollada de Los Hornos, por encima de los 1.700 metros de altitud, alcanzamos el corte y cabecera del barranco del Negro, nos hayamos en la cara posterior del risco, en pleno interior del macizo de Tirajana.

En décimas de segundo los jirones de nubes cegaban el paisaje, no así las emociones; paisaje velado, un vacío de intervalos blancos y mudos donde lo único inmutable era el terrorífico vacío gravitatorio de estos muros invisibles de Tirajana.

FATAGA – MIRADOR DE LAS YEGUAS

El interior era un inmenso diluvio de viento, agua y frío que no alcanzaba a la siempre soleada costa sur de Gran Canaria, un sur que no entiende de estaciones ni calendarios. En breve, las aguas de un azul Atlántico me bañarían ante el inolvidable recuerdo de una ruta eléctrica bajo la compañía de mi amigo Babo Quintana.